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BIOBYTE No.3 Septiembre 2002
 

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Editorial
¿Por qué debemos seguir coleccionando especímenes de aves?

En el editorial anterior, Robert Prys-Jones discutió la importancia de los ejemplares de museo de las aves para la investigación, y el vínculo directo entre la investigación y la conservación. Ahora quiero dirigirme a la pregunta de ¿por qué es importante seguir coleccionando? Desde luego, estoy hablando de la colección científica responsable, en que los ejemplares están preparados con datos completos y correctos y depositados en Instituciones que cumplan con los requisitos de catalogación, mantenimiento y acceso estipulado por el Ministerio del Medio Ambiente. Existen muchos aficionados de las aves, y hasta muchos ornitólogos con poco contacto con las colecciones, que se oponen a la colección científica, sin embargo hay razones de peso para justificar la continuación y intensificación de la colección científica responsable en el país.

Una de las razones más fuertes es que los especímenes existentes no son suficientes para muchos tipos de investigaciones, y esta falta será más aguda en el futuro. Existen alrededor de 9’000.000 ejemplares de aves en todo el mundo, un promedio de un poco menos de mil por especie. Suena impresionante, pero hay que tomar en cuenta que éstos fueron coleccionados a lo largo de más de 200 años, con la gran mayoría entre 1850 y 1950. Durante este período, los estándares para documentación fueron mucho más laxos que los actuales, y una alta proporción de los ejemplares cuenta con datos muy insuficientes para muchos estudios (v. gr., la localidad “Bogotá” para ejemplares enviados desde esta ciudad pero obtenidos en gran parte del territorio colombiano y en algunos casos, hasta Ecuador). De los ejemplares con datos precisos de localidad y fecha, la gran mayoría no portan muchos tipos de información que son tomados actualmente como hábitat, estado de las gónadas, osificación del cráneo, grasa subcutánea, contenido estomacal y colores de partes blandas: del total de los ejemplares, menos que el 10% tienen datos relativamente completos. Si consideramos que para muchos tipos de estudios se requiere de muestras de 20 o más por sexo, especie y población para tener validez estadística, se comienza a ver la magnitud del problema. Más aún, si se requiere series de ejemplares de la misma localidad coleccionados en diferentes períodos de tiempo (v. gr., para estudiar niveles de algún contaminante a través del tiempo), o si se requiere ejemplares en plumaje fresco para un estudio taxoñómico, la proporción de ejemplares que constituyen la muestra útil se reduce aún más. Además, los ejemplares no están distribuidos uniformemente entre especies: como ejemplo, en la colección del ICN (con un total de 30,000 ejemplares de 1500 especies, en números redondos), 50 especies cuentan con más de 100 ejemplares pero más de 500 están representados por 5 ejemplares o menos – y muchos de ellas están entre las más importantes para la implementación de programas de conservación.

Los ejemplares que coleccionamos ahora, con sus datos completos, podrían proveer informacion importante para resolver problemas de conservación futuros – y dada la tasa de destrucción de los hábitats naturales, podrían quedarse como los únicos testigos de la avifauna original de muchas regiones. Un ejemplar de museo es la mejor forma de documentación para muchos tipos de estudio o registros de distribución porque estaría disponible para estudios futuros, posiblemente con nuevos criterios taxonómicos (que a su vez dependerán en gran medida de los ejemplares de museo). La existencia de otros medios de identificación y documentación no ha eliminado la necesidad de los ejemplares de museo, ni mucho menos: un registro visual no está sujeto a verificación independiente en el futuro (una característica básica de la buena ciencia), uno tiene que confiar totalmente en la identificación original, la cual puede basarse en una guía de campo que no ilustra o describe todos los plumajes de las especies, o la variación subespecífica. Es casi imposible estandarizar la luz, el ángulo y la posición del ave para una foto lo suficiente para la determinación de la subespecie, y no se puede tomar mediciones de una foto. En muchos grupos de aves, las grabaciones requieren de ejemplares testigos para su identificación confiable.

Una objección a la colecta científica que se oye con cierta frecuencia entre los malinformados es que daña o pone en peligro las poblaciones de aves. Este argumento se olvida del hecho de que en las poblaciones de aves, individuos están muriendo naturalmente todo el tiempo, siendo reemplazados por individuos jóvenes: son recursos naturales renovables. Un ejemplo ilustra este punto. Consideramos un ave con una distribución restringida (10,000 km2) de la cual apenas el 20% es hábitat adecuada para la especie (2000 km2). Digamos que nuestra especie vive en su hábitat a una densidad de una pareja por 5 ha, o 40 individuos/km2. La población total sería entonces 80,000 individuos, de los cuales unos 20,000 serían reemplazados cada año (para muchas especies pequeñas, la tasa de mortalidad anual es bastante más alto). La colección de una muestra de 20 individuos (poco factible para la gran mayoría de los casos) equivaldría a 0.1% de la mortalidad natural. Visto de otra manera, sería el equivalente inmediato para la población de la destrucción de 50 hectáreas de hábitat ( ¿cuál es la tasa anual de deforestación en el país?), con la gran diferencia de que la colecta científica no afecta el hábitat mientras la destrucción de ésto conlleva una pérdida permanente para la población: ya no es un recurso renovable. En la actualidad, ingresan a todas las colecciones del país unos 500 a 800 ejemplares por año, los cuales representan tal vez unas 300 especies. En una hectárea de bosque amazónica se podría encontrar el mismo número de especies. Si la densidad promedio de ellas es la misma