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¿Por qué debemos seguir coleccionando especímenes
de aves?
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En el editorial anterior, Robert Prys-Jones discutió la importancia
de los ejemplares de museo de las aves para la investigación, y
el vínculo directo entre la investigación y la conservación.
Ahora quiero dirigirme a la pregunta de ¿por qué es importante
seguir coleccionando? Desde luego, estoy hablando de la colección
científica responsable, en que los ejemplares están preparados
con datos completos y correctos y depositados en Instituciones que cumplan
con los requisitos de catalogación, mantenimiento y acceso estipulado
por el Ministerio del Medio Ambiente. Existen muchos aficionados de las
aves, y hasta muchos ornitólogos con poco contacto con las colecciones,
que se oponen a la colección científica, sin embargo hay
razones de peso para justificar la continuación y intensificación
de la colección científica responsable en el país.
Una de las razones más fuertes es que los especímenes existentes
no son suficientes para muchos tipos de investigaciones, y esta falta
será más aguda en el futuro. Existen alrededor de 9’000.000
ejemplares de aves en todo el mundo, un promedio de un poco menos de mil
por especie. Suena impresionante, pero hay que tomar en cuenta que éstos
fueron coleccionados a lo largo de más de 200 años, con
la gran mayoría entre 1850 y 1950. Durante este período,
los estándares para documentación fueron mucho más
laxos que los actuales, y una alta proporción de los ejemplares
cuenta con datos muy insuficientes para muchos estudios (v. gr., la localidad
“Bogotá” para ejemplares enviados desde esta ciudad
pero obtenidos en gran parte del territorio colombiano y en algunos casos,
hasta Ecuador). De los ejemplares con datos precisos de localidad y fecha,
la gran mayoría no portan muchos tipos de información que
son tomados actualmente como hábitat, estado de las gónadas,
osificación del cráneo, grasa subcutánea, contenido
estomacal y colores de partes blandas: del total de los ejemplares, menos
que el 10% tienen datos relativamente completos. Si consideramos que para
muchos tipos de estudios se requiere de muestras de 20 o más por
sexo, especie y población para tener validez estadística,
se comienza a ver la magnitud del problema. Más aún, si
se requiere series de ejemplares de la misma localidad coleccionados en
diferentes períodos de tiempo (v. gr., para estudiar niveles de
algún contaminante a través del tiempo), o si se requiere
ejemplares en plumaje fresco para un estudio taxoñómico,
la proporción de ejemplares que constituyen la muestra útil
se reduce aún más. Además, los ejemplares no están
distribuidos uniformemente entre especies: como ejemplo, en la colección
del ICN (con un total de 30,000 ejemplares de 1500 especies, en números
redondos), 50 especies cuentan con más de 100 ejemplares pero más
de 500 están representados por 5 ejemplares o menos – y muchos
de ellas están entre las más importantes para la implementación
de programas de conservación.
Los ejemplares que coleccionamos ahora, con sus datos completos, podrían
proveer informacion importante para resolver problemas de conservación
futuros – y dada la tasa de destrucción de los hábitats
naturales, podrían quedarse como los únicos testigos de
la avifauna original de muchas regiones. Un ejemplar de museo es la mejor
forma de documentación para muchos tipos de estudio o registros
de distribución porque estaría disponible para estudios
futuros, posiblemente con nuevos criterios taxonómicos (que a su
vez dependerán en gran medida de los ejemplares de museo). La existencia
de otros medios de identificación y documentación no ha
eliminado la necesidad de los ejemplares de museo, ni mucho menos: un
registro visual no está sujeto a verificación independiente
en el futuro (una característica básica de la buena ciencia),
uno tiene que confiar totalmente en la identificación original,
la cual puede basarse en una guía de campo que no ilustra o describe
todos los plumajes de las especies, o la variación subespecífica.
Es casi imposible estandarizar la luz, el ángulo y la posición
del ave para una foto lo suficiente para la determinación de la
subespecie, y no se puede tomar mediciones de una foto. En muchos grupos
de aves, las grabaciones requieren de ejemplares testigos para su identificación
confiable.
Una objección a la colecta científica que se oye con cierta
frecuencia entre los malinformados es que daña o pone en peligro
las poblaciones de aves. Este argumento se olvida del hecho de que en
las poblaciones de aves, individuos están muriendo naturalmente
todo el tiempo, siendo reemplazados por individuos jóvenes: son
recursos naturales renovables. Un ejemplo ilustra este punto. Consideramos
un ave con una distribución restringida (10,000 km2) de la cual
apenas el 20% es hábitat adecuada para la especie (2000 km2). Digamos
que nuestra especie vive en su hábitat a una densidad de una pareja
por 5 ha, o 40 individuos/km2. La población total sería
entonces 80,000 individuos, de los cuales unos 20,000 serían reemplazados
cada año (para muchas especies pequeñas, la tasa de mortalidad
anual es bastante más alto). La colección de una muestra
de 20 individuos (poco factible para la gran mayoría de los casos)
equivaldría a 0.1% de la mortalidad natural. Visto de otra manera,
sería el equivalente inmediato para la población de la destrucción
de 50 hectáreas de hábitat ( ¿cuál es la tasa
anual de deforestación en el país?), con la gran diferencia
de que la colecta científica no afecta el hábitat mientras
la destrucción de ésto conlleva una pérdida permanente
para la población: ya no es un recurso renovable. En la actualidad,
ingresan a todas las colecciones del país unos 500 a 800 ejemplares
por año, los cuales representan tal vez unas 300 especies. En una
hectárea de bosque amazónica se podría encontrar
el mismo número de especies. Si la densidad promedio de ellas es
la misma |